Chile » Región » Hualqui » Literatura » Libros » Martes 22 de Enero del año 2008 / 15:05 Hrs.
Resumen Huasipungo
Don Alfonso Pereira, caballero de la alta sociedad, se encuentra preocupado por ...



“Huasipungo” cuenta una cruenta, y quizás verídica, historia de “progreso”. La novela comienza en Quito, Ecuador. Don Alfonso Pereira, caballero de la alta sociedad, se encuentra preocupado por sus problemas. Además de cuantiosas deudas, su mayor problema es ahora que su hija, Doña Lolita, de diecisiete años, ha quedado embarazada. Caminando por las calles de Quito, Don Alfonso se encuentra con su mayor acreedor, el Tío Julio, quien lo invita a tratar asuntos importantes en su despacho, un gabinete con puerta de cristales escarchados y amplios divanes para “degollar cómodamente a las víctimas de los múltiples tratos y contratos de la habilidad latifundista”. Incómodo, Don Alfonso trae a colación su deuda, pero el Tío Julio lo interrumpe proponiéndole un negocio que los hará “millonarios a todos”. El pariente le informa a Don Alfonso que Mr. Chapy, el Gerente de la explotación maderera en Ecuador, y él mismo han explorado Cuchitambo, la hacienda de Don Alfonso, y han descubierto que contiene excelentes maderas. Esas maderas podrían utilizarse para abastecer de durmientes los ferrocarriles de Ecuador y también para exportar. El Tío Julio continúa informando a su sobrino de los pormenores del negocio. Mr. Chapy pondrá la costosa maquinaria necesaria para la tala. Don Alfonso tendrá que hacer mejoras a su hacienda, específicamente varios kilómetros de carretero para automóvil entre su hacienda y el pueblo, comprar bosques lindantes y limpiar de huasipungos las orillas del río. El Tío Julio va a ayudar económicamente a Don Alfonso para que lleve a cabo las obras requeridas.

Don Alfonso se sorprende al oír que su tío espera que él mismo vaya a su hacienda y dirija la obra. Se siente especialmente receloso con la orden de limpiar de huasipungos las orillas del río. Los huasipungos (huasi, casa; pungo, puerta) eran parcelas de tierra que otorgaba el dueño de la hacienda a la familia india en parte de pago por su trabajo diario. Despectivamente, Don Alfonso informa a su tío que “los indios se aferran con amor ciego y morboso a ese pedazo de tierra que se les presta (…) en medio de su ignorancia, lo creen de su propiedad (…)”. Para el Tío Julio todo eso es sentimentalismo, los indios sólo son importantes para la empresa por el trabajo que pueden aportarle. Cuando Don Alfonso argumenta que su hacienda no tiene suficientes indios, su tío le recuerda que los indios (peones) se encuentran incluídos en los bosques que tienen pensado adquirir.

Al salir del despacho del Tío Julio, Don Alfonso recuerda el problema de su hija Lolita, a sus ojos, la niña inexperta en el amor, engañada por un cholo (un mestizo de indio y blanco). Piensa en la vergüenza, en el qué dirán, y toma la decisión de salir de Quito hacia la hacienda, acompañado por su esposa e hija. Ni los parientes, ni los amigos, ni la sociedad capitalina pueden dudar de los motivos puramente económicos que obligan a los personajes a dejar la ciudad.

Luego del lento viaje en tren, llegan a una pequeña estación perdida en la cordillera donde los esperan indios y caballos. El viaje continúa a caballo para la familia, a pie para los indios, bajo la llovizna. Cuando los caballos se niegan a avanzar por los senderos resbaladizos y enlodados, agravados por las últimas tempestades, los miembros de la familia Perira pasan de las bestias a ser cargados por las espaldas humildes de los indios. El grupo llega al pueblo de Tomachi al atardecer. El pueblo es descripto como un “nido de lodo, de basura, de tristeza, de actitud acurrucada y defensiva” debido al invierno, la miseria y la indolencia de la gente.

En la hacienda los espera Policarpio, el mayordomo. Después de dejar todo arreglado en la casa de los patrones, los indios que sirvieron de guía y animales de carga a la caravana van, a través de tortuosos caminos, en busca de su huasipungo.

El indio Andrés Chiliquinga no toma la ruta que le llevaría a la casa de sus padres. Su padre murio de cólico hace unos años y su madre vive con tres hijos menores y un ocasional compadre que aparece y desaparece por temporadas. El indio Chiliquinga vive desde hace aproximadamente dos años “amañado” (conviviendo maritalmente antes de la unión “civilizada”) con Cunshi. El burló la vigilancia del mayordomo y desobedeció las reglas del sacerdote del pueblo, quienes pretendían que él se casara con una india joven del pueblo. Pero el indio Chiquilinga los desafió, construyó su huasipungo en el filo de la quebrada mayor, se fue a vivir con la india Cunshi y tuvieron un hijo. Nadie los molestó, pero la llegada del amo a la hacienda inquieta al indio.

Don Alfonso adquiere la costumbre de ir al pueblo durante el largo invierno, en los días en los que no llovizna. Una vez en el pueblo, se toma una copa de aguardiente puro con jugo de limón y oye la charla de Jacinto Quintana, teniente político, capataz y cantinero, y su esposa Juana. Los paseos del dueño de Cuchitambo terminan generalmente en el curato. El cura y el terrateniente hablan de patria, progreso, democracia, moral y política. Don Alfonso brinda al sacerdote una amistad y una confianza ilimitadas, el párroco al mismo tiempo que brinda gratitud y entendimiento cristianos, forma una alianza con el amo del valle y todos sus poderes materiales y espirituales. Durante una de esas charlas planean el negocio de Guamaní y los indios que habitan esas tierras que serán parte de la transacción.

La hija de Don Alfonso da a luz un varón cuyos problemas empiezan cuando la madre no puede amamantarlo más. Sin embargo esto no es un problema para los señores de Cuchitambo quienes simplemente ordenan a varias indias jóvenes y robustas, que se encuentran amamantando, presentarse en la casa. Se ordena a la india elegida para amamantar el recién nacido a dejar su propio hijo con Policarpio, el mayordomo. Luego de pocas semanas el hijo de la india muere, desatendido y desnutrido, y ella abandona la casa durante la noche. Una nueva nodriza es seleccionada entre las indias con hijos pequeños. Las indias, sabiendo que la que sea seleccionada para amamantar al “señorito” será bien alimentada en la hacienda, se pelean por ser elegidas para salir de la miseria y del trabajo diario de largas horas.

El trabajo de desmonte comienza en Guamaní, dirigido por el “Tuerto” Rodríguez. Policarpio selecciona indios jóvenes que deberán recorrer horas a pie para llegar a la Rinconada y quedarse ahí hasta finalizar el trabajo. El indio Chiliquinga es uno de los elegidos para el trabajo. Desesperado decide hacer el largo camino de vuelta todas las noches para dormir unas pocas horas con su india. El “Tuerto” Rodríguez descubre la verdad tras “amonestar” al indio con puñetazos y patadas debido a su tardía llegada una mañana. Sigue volviendo el indio a su huasipungo todas las noches pero una noche lo encuentra vacío. Cunshi ha sido elegida por la Señora Blanquita como nodriza para el “niñito”. El indio Chiliquinga vuelve al trabajo lleno de amargura y rabia. Uno los achazos certeros y fuertes producto de su enojo resbala y se clava en parte en la carne y en los hueso del pie del indio, que sin atención médica, queda cojo de por vida. El defecto lo desvaloriza enormemente en el trabajo, pero los señores, por caridad, consienten en darle trabajo cuidando día y noche la sementera grande.

A mediados de verano vuelven las patronas a la ciudad. Para ellas sus problemas están solucionados, el honor de Doña Lolita restaurado y Doña Blanquita convertida en madre. El Tío Julio y los negocios de los gringos obligan a Don Alfonso a volver a la hacienda.

Jacinto Quintana y su esposa Juana esperan a Don Alfonso en Tomachi. Atienden al hacendado, le sirven comida y bebida. El párroco es invitado a reunirse con Don Alfonso y Jacinto. Con el alcohol consumido va aumentando la sinceridad, el coraje y la fantasía del diálgo de los tres hombres. El tema de conversación es la construcción de veinte kilómetros de carretera con “mingas”(trabajo colectivo). Enumeran patrón, religioso y autoridad los posibles “mingueros” (quien trabaja en la minga en forma gratuita). La conversación despierta la codicia de Don Alfonso que exige a Policarpio las laderas aradas y sembradas en una semana. El mayordomo objeta que es primero necesario limpiar el cauce del río pues puede crecer e inundar los huasipungos en las orillas, pero Don Alfonso, despectivamente, indica que los indios pueden “levantar las chozas en los cerros” el año próximo.

Se organiza una fiesta para comenzar la obra del carretero. La muchedumbre entusiasmada se lanza cuesta abajo, y al llegar a donde están los indios, cada cual toma su puesto con fe y coraje en la obra que todos esperan traerá pan y progreso a la comarca. A las tres semanas el cansancio y las maldiciones se extienden como un virus contagioso. Las obras continúan, aún bajo lluvias arreciantes que dejan la tierra ciega, silenciosa y fría. Para evitar el debilitamiento del esfuerzo colectivo, Don Alfonso apela al aguardiente, la chicha y el guarapo. Los mestizos empiezan a abandonar la tarea, el hacendado decide acelerar la tarea sacrificando indios para desecar el pantano. Superada la etapa peligrosa que cuesta la vida varios indios, la junta patriótica exhorta al vecindario de los pueblos de la comarca para unirse en una segunda minga que termine la obra. La prensa de todo el país colma de fama al terrateniente, al cura párroco, al teniente político y hasta los mestizos que participaron en la minga. Pero ninguna referencia se hace a los indios que sacrificaron sus vidas para terminar el carretero.

El cura párroco insiste en celebrar la obra con una misa y fiesta dedicada a la Santísima Virgen. Los indios han de contribuir a los gastos de la misma. Cuando uno de los indios, Tancredo Gualacoto, ruega al cura que baje el costo de la misa, el párroco se enerva invocando la furia de Dios sobre los indios. Al mismo tiempo, “con esa precisión con la cual a veces sorprende la casualidad”, empieza a tronar y a llover. Las fuertes lluvias provocan la crecida del río. El paso del río destruye los huasipungos, matando indios, niños y animales, y destruyendo los pequeños sembradíos.

Siguiendo la costumbre de muchos años, los indios hambrientos luego de que la crecida destruyera sus posesiones, se vuelven a Don Alfonso, esperando que él reparta los restos de la cosecha. Cuando la espera se vuelve insufrible y el hambre inaguantable, gran parte de los indios y las indias jóvenes de las propiedades de Don Alfonso se dirigen hacia el patio de la hacienda a suplicar socorros invocando la tradición. El hacendado se niega. El hambre continúa. La tensión crece.

Un día Policarpio informa a Don Alfonso que uno de los toros ha muerto. Lo encontraron tendido, muerto desde hace varios días. El hacendado ordena que se entierre. Sabe que los indios intentarán robar pedazos de su carne para comer. De acuerdo con las órdenes dadas por Don Alfonso, el mayordomo lleva indios, entre quienes está Andrés Chiliquinga, que entierran el buey, no sin antes intentar robar pedazos de su carne casi en estado de putrefacción. Policarpio les ordena devolver la carne. Los indios vuelven luego, por la noche, a desenterrar el buey.

El indio Chiliquinga vuelve a su choza con el producto de su robo, su regalo para su mujer y su hijo. Cunshi cocina la carne maloliente al fuego. La familia y el perro saborean con deleite la carne asada. Devoran sin percibir el mal olor y la suave babosidad de la carne corrompida. Luego de comer se tienden a dormir. Los despiertan fuertes dolores en el estómago, vómitos y diarrea. Los retortijones y la fiebre continúan al llegar la mañana, y durante el día y la noche siguientes. Cunshi muere a la mañana del día siguiente.

En medio del dolor y las lágrimas Andrés Chiliguinga ruega en vano al mayordomo que pida ayuda a Don Alfonso para pagar el sepelio de su mujer. Ruega en vano al cura párroco que le rebaje el precio que tendrá que pagar para que Cunshi ocupe un lugar en el cementerio. Finalmente, cuando se le presenta la ocasión de llevar una vaca del hacendado que se encuentra extraviada, toma provecho de ella. Vende el animal en un pueblo vecino obteniendo dinero suficiente para pagar la sepultura. El castigo no se hace esperar cuando el culpable es identificado. Suenan los latigazos en la espalda del indio sobre el silencio taimado de la muchedumbre. El hijo intenta defender al padre, pero el teniente político y policías doman a golpes al pequeño huérfano.

Mientras Andrés Chiliquinga sufre su castigo, Don Alfonso y Mr. Chapy planean sus negocios siguientes. El “gringo” insiste a Don Alfonso que debe desplazar a los indios que establecieron sus huasipungos en la loma luego de la crecida del río. Planean poner allí el aserradero grande. En los días siguientes, siguiendo las órdenes de los señores gringos, el Tuerto Rodríguez y los policías de Jacinto Quintana capitanean un grupo de gente de la aldea para desalojar a los indios de sus huasipungos. Ruegan los indios que los dejen salvar sus cosas de las chozas, lloran en vano las indias y los niños para que no los arranquen de ese pedazo de tierra que creen suyo.

Las noticias del desalojo llegan al indio Chiliquinga. Se encuentra acorralado. No puede dudar de la verdad del atropello que invade el cerro. Pero a él tendrán que arrastrarle con yunta de bueyes para arrancarle de la choza donde vivió con su mujer, donde nació su hijo, donde vió morir a Cunshi. Organiza a los indios para resistir. Los ultrajes de los blancos exaltan más y más el coraje y odio de los indios. El primer encuentro de lso enfurecidos huasipungueros fue con el grupo de hombres capitaneados por el Tuerto Rodríguez, al que se ha sumado Jacinto Quintana. Las balas detienen en principio a algunos indios, pero no a Chiliquinga quien se lanza sobre el mestizo. Cinco cadáveres, entre los cuales se cuentan el de Quintana y el Tuerto Rodríguez, quedan tendidos en los senderos del cerro.

A la mañana siguiente el grupo de indios ataca el caserío de la hacienda, dan libertad a los indios e indias del servicio, pero Don Alfonso ha huido a Quito, desde donde con presteza las autoridades del Gobierno envían doscientos hombres de infantería a sofocar la rebelión. Tienen la orden de matar sin piedad a todos los indios. Deben defender las desinteresadas y civilizadoras empresas extranjeras. Los soldados cazan y matan a los rebeldes. Los pequeños y las mujeres que se habían refugiado bajo el follaje a orillas de una charca caen también bajo ráfagas de ametralladora.

Sólo algunos indios han logrado replegarse con valor hacia el huasipungo de Andrés Chiliquinga al caer el sol. El jefe de los soldados decide atacar para evitar que los indios huyan por la noche. La choza que cobija a los indios no tarda en arder bajo las balas. Asfixiados por el humo, los indios abren la puerta del huasipungo. Los ojos de Andrés Chiliquinga ven por breves momentos de nuevo la vida, antes de que todo enmudezca para él, para los otros indios. Sobre el silencio la bandera patria del batallón flamea antes de dar paso a los “señores gringos”.

Personajes

Don Alfonso Pereira: Considerado un caballero de la alta sociedad de Quito. De mejillas rubicundas y lustrosas.

Doña Blanca Chanique de Pereira: Matrona de las iglesias

Doña Lolita: Hija adolescente de Don Alfonso.

Tío Julio: Poderoso tío de Don Alfonso. De gruesa figura, cejas pobladas, cabellera entreacana y ojos de mirar retador. Tiene la costumbre de hablar en plural.

Mr. Chapy: Gerente de la explotación de la madera en el Ecuador. Un Estadounidense (“gringo”) de grandes recursos y millonarias conexiones en el extranjero.

Policarpio: el mayordomo de la hacienda Cuchitambo de Don Alfonso Pereira.

Andrés Chiliquinga: Indio de la hacienda de Don Alfonso. Encabeza la resistencia de los indios durante el desalojo de los huasipungos.

Jacinto Quintana: mestizo de apergaminada robustez. Teniente político del pueblo, cantinero y capataz. Corrupto y autoritario. Desprecia y maltrata a los indios.

Juana Mestiza: Esposa de Jacinto Quintana. Mantiene ocasionales relaciones amorosas con Don Alfonso y el cura.

Gabriel Rodríguez: Conocido como “Tuerto” Rodríguez es un mestizo de gruesas y prietas facciones, mirada desafiante en su único ojo. De cinismo alelado y retador al responder o interrogar a la gente humilde.






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